6.4.08

Serás lo que haces con lo que hicieron de tí

Hubo una época, en el borde impreciso entre la niñez y la adolescencia, más tirando a la primera, en que las pautas educacionales de los ’60-‘70 impelían la orientación de los párvulos hacia alguna actividad, arte o simple pasatiempos que fuera lo suficientemente ocupacional para erradicar conductas ociosas durante los meses estivales. Hablando en cristiano, mandar a los mocosos a realizar alguna actividad más formativa que recreativa durante el verano para que no pasaran los 3 meses de vacaciones rascándose el higo y evitar la inminencia de catástrofes materiales, como por ejemplo, quemar la casa o electrocutar al perro.

Quizá había en ello algún vértice de deslumbramiento de aptitudes artísticas y/o intelectuales del crío, aunque también era una excusa para mandarlo a hacer algo mientras los padres podían relajarse y tomarse un respiro durante algunas horas de la semana, esquivando el bombardeo de situaciones riesgosas a las que los pequeños demonios los tenían acostumbrados.

Todos los veranos de mi época colegial primaria e inicios de la secundaria fueron atiborrados con tales actividades.
Música, inglés, dibujo, colonias deportivas, aprendizaje de oficios, cursos de apoyo de lengua, matemática, física, química y otras menores que se disipan a la distancia se planificaban a partir de septiembre dentro del ámbito familiar, para rellenar meses de ociosas horas de siesta.
En mi caso particular, el problema de todas estas actividades, algunas interesantes y hasta divertidas, radicaba en que siempre, siempre eran impartidas como castigos.
Obligatorios castigos a los que había que asistir sin derecho a réplica.
“Vos seguí sin hacerme caso y en verano te mando a estudiar guitarra!”
“Si no haces la tarea, ya vas a ver como te mando a profesores particulares de Enero a Marzo”.
“Si no te bañas y seguís dejando la ropa sucia tirada por cualquier lugar, en verano te mando a una colonia para que aprendas a ser ordenado”.

Debo reconocer que no era dócil durante mi temprana edad, contrarrestando con los modos y costumbres del hermano que me antecedía. Y siempre, indefectiblemente, algún castigo debían acarrear la mayoría de mis hábitos.
Pero la obligatoriedad de ejecutarlos era lo que más me rebelaba.
Así fue como he aprendido varias materias, actividades, artes y enseñanzas generales: obligado a ejecutarlas. Y como mi aplicación a tales aprendizajes no siempre venía seguido del beneplácito de la felicitación por las notas, por la dedicación aplicada o por la destreza en la ejecución de lo aprendido, sentía que la única función de esas actividades era castigo.
Mi respuesta? Hacerlo de memoria, sin tener interés en escarbar en alguna de ellas para encontrarle el costado intelectual o formativo. Cosa que con los años me hizo olvidar tozudamente de algunas e ignorar las aplicaciones de otras.
Y encarar aquellas que nacían a partir de una satisfacción propia, aceptando que los estímulos y felicitaciones no habían sido parte de aquellos aprendizajes obligatorios, sino una elección personal.

Algunos -varios- años más tarde, cuando el hermano que me antecedía recibió su título universitario, quien asistía orgulloso al salón de ceremonias para felicitarlo fue sólo el hermano que lo precedía.

27.3.08

Abril vendrá..

Se pueden decir muchas cosas cuando termina marzo.
Casi la mayoría tiene que ver con el inicio del otoño,
otras no.
Los abriles suelen ser merecedores de ser visitados
al menos de vez en cuando.
Pero todo Abril tiene un sabor particular,
un sabor completamente distinto al resto de sus congéneres,
independientemente que cada uno tenga un sabor particular
los Abriles suelen ser muy distintos.
Algo que pasa desapercibido para cualquier transeúnte apresurado
tiene su vigencia dentro de un Abril.
Los días tienen la duración exacta,
las noches se duermen mansas antes de la salida del sol.
Cada hora tiene el particular aroma de ser infranqueable
y eterna.

Un Abril no es para nacer,
sino para disfrutar luego de haber nacido.
Tampoco es para despedidas,
para eso están los julios, los noviembres.
Los mayos insípidos.
Tampoco es para adormilarse mansamente bajo la copa de los árboles,
para eso están los febreros.
O los octubres.
Indistintamente de la estación del año que tengan que transitar.
Pero un Abril acá o en el otro extremo del mundo
siempre tiene reminiscencias de nuez moscada
y maderas estacionadas.
Y se desliza reptando silencioso
dejando el leve susurrar de su voz
que se comenzará a extrañar nuevamente
a partir de cualquier agosto.

12.3.08

Lo que importa no es que vuelvas, sino que logres algo antes de irte.

Algunas tribus de Melanesia tienen la tradición de hacer un festejo ante la muerte de un integrante del grupo. El abandono de la vida terrenal hacia algún otro mundo sin tantas privaciones y calamidades es festejado con ceremonias ruidosas y coloridas.
En otros varios rincones del mundo, el culto de la muerte ocupa un lugar importante al momento de rendirle homenaje al mundo incomprensible y desconocido del más allá.
La compulsividad u obsesión durante la vida a pensar y ocupar horas y tiempos considerables hacia aquello que nos devengará algún día de un futuro incierto, a partir del cual uno mismo “no será”, sino que ya “habrá sido” insume considerables devaneos.
Alguna vez he pensado que yo mismo partiría un martes. Hace poco escuché la idea de otro blogger acerca de cuantas veces transitamos el día de nuestra muerte a lo largo de los años, ignorando que ese día, precisamente ese, será el que en algunos años más –quién sabe cuantos- ocurrirá.
A veces la muerte ocupa demasiado tiempo durante la vida, dudando personalmente si ocurre lo mismo de manera inversa.
A veces la vida se complica demasiado como para pensar en vivirla serena y plácidamente, sin pretender caer en felicidades ya que esos son momentos fugaces e irrepetibles.

Posiblemente en las Tablas de la Ley que recibió Abraham, se hubiera omitido algún precepto en particular acerca de la obligación de ser felices durante la vida, sin tener que esperar llegar al paraíso para vivir la bienaventuranza de serlo allí, en lugar de transcurrir toda una vida de oprobio como si fuera una sala de espera del consultorio odontológico.
El concepto de temor a Dios, a ese con mayúsculas con que –precisamente- han atosigado durante siglos a la humanidad, ya ha caído en cuestionamientos. La idea de infierno, destituida por el anterior Papa, ha sido vuelta a poner en vigencia por el pontífice actual procurando levantar aquella premisa de premio o castigo para después de la vida.

Y mientras tanto, qué?

22.2.08

Grillo

Sin pretender tener un corazón eglógico y sencillo, hoy por la mañana ha aparecido un grillo en la venta, y se quedó a pasar el día.
El primer día
Mmm. Es la primer visita.

11.2.08

Vida en eclipse

La mayoría de las personas que pasaron por este planeta lo miraron. También, no es para menos! Imposible no notar su presencia.
También muchos le dieron y dan poderes misteriosos, y la mayoría curativos. Tanto es así que se llega a pensar y demostrar científicamente que sin él la vida sería imposible por este costado de la galaxia.
No importa qué cultura o civilización hubiese pisado esta misma porción de tierra antes, todas le han rendido reverencia. También a su opuesta, aunque algunos con reminiscencias románticas la llamen su pareja.
Él es único, ella también. Quizá por esa monotonía de exclusividad hemos signado la vida a una continua bipolaridad de opuestos.
Las cosas son duales. Existe una de ellas y también existe su contrapartida. En el medio no hay nada, o lo que existe es una constante transformación hacia uno u otro de esos opuestos, como representa el mandala del ying y el yang.
Y aún así, siendo tan solo una o dos las alternativas para visualizar o vivenciar algo, cuesta demasiado entender como funciona.

Pretender contraponer el funcionamiento y utilidad del sol al de la luna, a veces no resultó del todo satisfactorio cuando sólo se piensa en opuestos. Pero por una o varias razones de simplificar el problema, se continúa pensando que lo son.
Es más fácil pensar que sólo hay luz y oscuridad. O pensar que el negro y el blanco son indisolubles uno en el otro.
Aunque en realidad ese es un engaño que, por no querer desovillar apenas unos metros el hilo del problema, hacemos de cuenta que siempre fue así y lo seguirá siendo. Aunque nos quedemos insatisfechos con la explicación simplista de la dualidad y los opuestos.
Porque nos quedamos insatisfechos, de eso no hay dudas.

Y las insatisfacciones a veces nos acompañan demasiados años en una vida que no suele hacer ostentación de tener tantos, ni de que le alcancen los que tiene.
Esa insatisfacción la mayoría de las veces está plantada sobre raíces de dualidades y opuestos.

Cuando era chico e iba a la escuela primaria, nos separaban en el patio durante el recreo en dos zonas, con la explícita prohibición de cruzar el límite que las separaba. En el colegio secundario a veces también se establecía algo similar. Una zona era exclusiva para las mujeres y la otra para los varones.
Cuando lo recuerdo, también acarreo otra imagen: siempre estuve insatisfecho con esa fragmentación del patio durante el recreo, o de la separación en los bancos dentro del aula, también entre mujeres y varones. Y varias notas de conducta he llevado a firmarles a mis padres por romper esas fronteras, o por intentarlo.
Las explicaciones para ello siempre eran también curiosamente prejuiciosas: los varones tienen juegos bruscos que lastiman a las mujeres, o actividades opuestas a las de ellas.
Claro, también la educación era distinta para unos y otras, pero no solo la escolar, sino la familiar y la social.
Cierta vez, como debía ser, mi padre tuvo conmigo la “charla de hombres”. Diálogo (monólogo en realidad) del que salí con menos respuestas, más dudas y tan sólo una certeza: el mundo está equivocado.
Esa educación, a la larga, fue macerando la idea de los opuestos. Y los opuestos derivan en inconciliables.
Y los inconciliables derivan en soledades.


Obviamente la vida no se desarrolla completamente dentro una escuela, pero lo cierto es que aquello aprendido nos ha creado más insatisfacciones que placeres. Y el placer lo hemos tenido que buscar solos... y aprenderlo precisamente junto a nuestro opuesto, dejándonos muchas veces conducir por él.

El amor, como el sol, es uno solo. Podemos creer que es amarillo, o naranja, o que no entibia demasiado. Podemos creer que cuanto más cruel es, más nos fascina, o que si es demasiado brillante termina por aburrirnos.
Pero lo que no nos sirve es pensar que el otro es nuestro opuesto, y que sus necesidades distan años luz de las nuestras.
Porque si creemos en ellas, no estamos más que haciendo una torpe parodia de aquello que desearíamos vivir, y mantendremos la insatisfacción de creer que esto, lo bien aprendido por ser mal enseñado y jamás cuestionado, es lo único posible.

Pretender que el sol remueva mareas como la luna, o que ella entibie los días de la misma manera que él, es hacer caso omiso a la necesidad de sus diferencias.
Reconocer que un día sin sol no es día, ni es noche, o una noche sin luna no es tan perfecta.
Un amor sin pseudos diferencias, es un amor comprometido, y dificil de concretar.
Pero en lugar de pretender pasarle cera al prontuario del otro, quizá sea necesario plumerear primero el propio.

5.2.08

Orígenes


Los carnavales fueron desde su inicio una fiesta popular. Precisamente nada incluía alguna organización por parte de las autoridades de las ciudades o los pueblos. Sólo era estipulada por los ancianos.
Simplemente se festejaba –como hace unas semanas le contaba a Kolo y Casandra- como fiesta previa a la cuarentena (cuaresma) en la que sí estaba estipulada por las autoridades, religiosas en este caso, la prohibición de comer carne... de comerla en el amplio sentido.
Se efectuaban durante 4 o 5 días previos al miércoles de ceniza, el primer día de la cuaresma, y terminado el lapso de 40 días, se festejaba, curiosamente comiendo carne, la pascua, tal como se festeja actualmente.
Los carnavales eran fiestas grossas, donde todo, incluido comer carne, estaba permitido.
Todo.

Estas fiestas populares –o paganas- eran necesarias para la expansión social del grupo humano. O sea, se podía conocer personas de otros pueblos y a partir de ello, generar intercambio, con el cumplimiento del ritual del matrimonio, y expandir la cadena evolutiva.
Claro! Es más que razonable. Los antiguos pueblos, a la larga tenían mayoría de habitantes de la misma sangre. Primos, hermanastros, tíos...y de no haber intercambio con habitantes de pueblos vecinos, el peligro de no renovar la sangre para las futuras generaciones podía caer en la desaparición del grupo humano. La co sanguineidad era un factor preocupante a la hora de los nacimientos. Y si no existía el intercambio con generaciones ajenas al grupo sanguíneo, la continuidad podía verse disuelta por la aparición de males congénitos que las relaciones entre parientes acarreaban.
Por ese motivo se generaban a lo largo del año varias fiestas, cuyo principal fin no era el festejo, sino la expansión y enriquecimiento a partir de la diversificación de los genes.

Mis padres se conocieron durante un baile de carnaval, hace muchos años, cuando no había boliches ni lugares para un constante cachondeo entre la juventud, y gran parte de la vida social se refrescaba en clubes barriales. Bailes donde las chicas eran acompañadas por sus madres, o tías un poco más permisivas. Y los muchachos simplemente iban a tomar alguna cerveza, (raramente cayendo abrazados a algún árbol o mas raramente terminando pateando tachos de basura por la borrachera. No se si estaba bien o mal, simplemente sucedía así. Podría discrepar con Jorge Manrique acerca de su frase de que “todo tiempo por pasado fue mejor”, pero no viene al caso).
Y conocer chicas, con las que sólo podían bailar un par de temas y luego quedar en verse al día siguiente en alguna plaza o parque.

Hoy, la diversificación esta casi garantizada.
Pero, personalmente, extraño la diversión que para mí significaban los carnavales cuando era chico, aunque suene Manriquesco, a pesar que no tenía edad para desenfrenos ni libertades para erradicar abstinencias.
Aún así los disfrutaba.

30.1.08

Colores


Un living con una pared este color amerita pensar seriamente en cambiarlo.
...muy seriamente.

28.1.08

Noche de película

La postergación de ver la peli de un amor en un tiempo en que dos gotas de lavandina por litro de agua era una profilaxis insospechada, daría origen a un sábado desencadenado en otra película.
Habíamos programado con ella una noche de charlas, vino y empanadas. Todo un viaje ya relatado para recrear y los aconteceres de los últimos días. Pero ya la posibilidad de una fiesta ajena estaba latente.
La placidez de la noche bajo las estrellas, el fresco aire que se filtraba entre las plantas y el vino ya cumpliendo su función de estirar las risas y de provocar el llamado a un cumpleañero que se asomó a su balcón, algunos pisos más arriba, serían la previa.
-Subí, venite con tu amigo que aún queda torta! había sido la informal invitación.
Nos miramos, porqué no!?

Como único desconocido en tal reunión, la imagen que se me vislumbró apenas abierta la puerta del sitio del ágape ya hablaba de calidez, risas y bastante alcohol regando la geografía de innumerables vasos y copas.
El homenajeado embanderaba la procesión, sus ojos encendidos en un color rubí no demoraron en darme la bienvenida, en respuesta de mis felicitaciones por su aniversario.
La dueña de casa, su esposa, se acercó cálida con gesto amigable conduciéndonos hacia el resto de los invitados.
Luego de la presentación y saludo a cada presente, tomamos asiento sin que demoraran los vasos de strawberry. La amiga de ella, cohabitante también de tan célebre edificio, se acercó para saludarnos y, habiendo encontrado la excusa adecuada, aprovechó para alejarse del galán que la acosaba sacándole fotos a todos sus perfiles, sonriéndole con gesto contemplativo. Los tres nos sumergimos en un diván para compartir una rogel, mientras el galán me escudriñaba desde lejos, tratando de vislumbrar si quien suscribe le provocaría alguna competencia por la dama, que para la situación, se asemejaba a la gata negra que en los dibujos animados, trataba de escapar del bohemio Pepé le Pew.
El resto de los asistentes reía y comentaba situaciones poco entendibles: La propietaria de unos viñedos, ya entrada en años, se relajaba en un sillón hecho a su medida. A su lado su esposo, portando oscuros bigotes estirados a lo Caparros, procuraba alejarse de la influencia etílica de la mesa donde los demás hombres miraban el inevitable vacío de una botella de Trapiche.
No sé en qué momento, quizá lo fue haciendo lentamente, pero durante los movimientos de mis compañeras de levantarse, llevar y traer platos de tortas, una risueña y simpática mujer, que rondaba peligrosamente el límite entre caer desmayada en el diván o mantenerse en una charla de aristas intelectuales, se ubicó a mi lado para terminar, luego de tres copas de vino con hielo, llamándome Ciru con intenciones poco santas.
Un gordito, con cara de demasiado bueno, procuraba no moverse de su silla hasta que no le pusieran delante otra botella de Trapiche, o de lo que fuere.
El cumpleañero, con sus sesenta y pico recién estrenados, reía mientras escudriñaba su bodega buscando algo que hubiese quedado en el fondo. Ella me abandonó en el diván, dejándome al alcance de la simpática cuasi desmayada, para refugiar en sus brazos a Coral, una gata (verdadera en este caso) que husmeaba por todo plato que hubiese a su alcance y extrañando antiguas raciones de leberbush.
El galán vislumbró la situación del acoso que yo sufría, y se relamió para intentar encarar nuevamente a su presa. Ella mantenía una rotation imposible de describir, pero que esquivaba concienzudamente la cercanía del cazador.
Desde la otra punta de la mesa compartida con el homenajeado, un jovial cincuentón intentaba conducir la charla de los hombres hacia sus aventuras de navegación por el globo. Un matrimonio formado por una menuda pero insinuante mujer vestida con breve falda negra y desmesurado escote – aunque no tuviera mucho para mostrar-, y su desapercibido pero eficaz esposo con mirada de guardabosques, visualizaron la inminencia del descorche de una nueva botella y optaron por abandonar la reunión.
La mujer risueña, sin caer en su desmayo, me miraba con ojos turbios calculando el momento de poner su mano en mi rodilla al primer descuido. Le entorpecí la intención cuando me acerqué a la mesa donde los hombres pergeñaban las maneras de atacar la última botella –un malbec bien estacionado- que fue servido en forma ritual en estilizadas copas labradas.
Ya reíamos todos como viejos conocidos, La víctima del zorrino bohemio había encontrado refugio junto a mi amiga en una trinchera donde las demás mujeres cercenaban las aproximaciones del galán.
El cincuentón jovial insistía en intentar una vaquita de U$S 10.000 por cabeza para comprar un velero de no se cuántos mts. de eslora y navegar hasta Italia.
Me estiré para alcanzarle mi copa recién servida a mi compañera de aventuras y la risueña hizo un movimiento en su asiento para que volviera a su lado. Hice caso omiso y continué escuchando las desventuras de un remoto viaje a vela hasta Colonia.
Coral decidió sentarse a mi lado, limitando los furtivos ataques de la mujer risueña que ya reía a carcajadas mientras me tomaba del brazo.
La noche, que se estiraba entre buenos, aunque desconocidos, amigos, dejaba entrar por el ventanal una suave brisa que hacía rodar las risotadas más allá del balcón. Las charlas de viajes por Brasil, recalando obligatoriamente en Salvador da Bahía, subiendo indefectiblemente al elevador Lacerna, caminando por el Pelourinho y bailando el carnaval al ritmo de los Tríos Eléctricos me unieron definitivamente con el resto de los asistentes.
Hasta que llegó el momento de la declaración, y en medio de un silencio ceremonial, el homenajeado buscó en el fondo de su copa labrada las palabras para hacer sentir a mi amiga más perteneciente a su familia que su propia familia. Un afecto de años que en pocos días se transformará en despedida. Una más y también hacia tierras lejanas, que ella atesorará entre todas la otras despedidas de anteriores buenos, viejos y queridos amigos.

La gata pudo escapar hacia su madriguera antes que el galán intentara un póstumo ataque final.
La risueña se fue trastabillando y masticando su resignación de saberse una noche más sin compañía entre sus sábanas. Los demás bajaron como pudieron las escaleras dejando a su paso promesas de futuros encuentros.
Con mi amiga recalamos en su cabaña por algunos minutos para dejar sedimentar los vinos bebidos, despidiéndonos luego de haber esbozado una somera idea de esta noche, y haberle encontrado el título: una película de Almodóvar.

23.1.08

En una tierra de colores claros I

En los viajes que hacía cuando era chico al campo, muchas veces volvía con preguntas insospechadas, pero no por poseer en aquella edad una lucidez fuera de lo común, muy por el contrario. Las experiencias del mundo eran ínfimas y acotadas a un recorrido que la mayoría de las veces guardaba patrones metódicos.
Durante el viaje había que detenerse en un lugar determinado para descansar, desayunar, ir al baño, y luego continuar. No podía haber un viaje en el que, por más apuro que se tuviera, no incluyera esa obligada parada. No influían circunstancias climáticas, ni desperfectos mecánicos del auto. Había que parar ahí o ahí, aunque se hubiese hecho una parada anterior para desayunar 10 km antes.

Quizá se recurre a ritos metódicos para, de alguna manera, tener un control sobre todo un mundo demasiado improbable. Sin confundir esto con la experiencia, esa que nos asegura que, por ejemplo, detenerse a cargar combustible en una ruta cuando aún hay medio tanque lleno, nos asegura no llegar con el último suspiro hasta aquella estación más lejana, que siempre está colmada con una fila infinita de autos esperando. No, no me refiero a ello, ni a una simple parada técnica, sino a los ritos sin más conocimiento meticuloso que hacerlos porque sí. Porque algo puede suceder si no se celebran.
Para un párvulo de 5 años es difícil entenderlos, y en general se aceptan como ya establecidos sin pretender cuestionarlos demasiado. Quienes los ejecutan, generalmente los padres, tienen una razón, aunque esa razón no tenga la menor razón de ser.
Incluir una vuelta a la manzana de la iglesia de Luján durante el viaje, por ejemplo, era uno de ellos, aunque fuera a las 4 de la madrugada.

Mi idea, en aquel entonces, era entender la funcionalidad concreta de tales prácticas, tratando de conocer las “fatalidades” que pudieran suceder de no efectuarlas. Obviamente no pude alterar el ritmo de aquellas actividades, ni penetrar en el inconcebible mundo de razonamientos que las originaban. Simplemente “debían” hacerse.
Habiendo crecido desterré aquellos hábitos rituales, -que no sólo se restringían a los viajes, sino que en la vida cotidiana y sin tener una familia particularmente religiosa, eran frecuentes- cuestionando la razón funcional de su práctica.
Posiblemente la naturaleza del rito sea recrear momentos, experiencias, recuerdos. Volverse a acunar en algún estado de bienestar antiguo.
Regurgitar recuerdos traídos de la mano de un hecho repetido, sin más razón concreta que mantenerlo vivo.
O reconocerlo extinguido.

7.1.08

Primavera, verano, otoño, invierno, y otra vez primavera


Los Re naceres no existen.
Hay, quizá, la posibilidad de Re comenzar eventos, situaciones, instancias claves.
Re iniciar algo concreto con Re novadas ganas, pero de ahí a saltar a la romántica definición de Re nacer hay un trecho largo. Tanto que prácticamente es imposible Re correrlo.
Los Re naceres no existen ni siquiera para el ave Fénix, que es sólo un mito y nunca existió, aunque se pueda insistir en que al principio de todo, cuando Adán y Eva fueron echados del paraíso, el único animal que no probó de la fruta prohibida fue ese pájaro, que por un error el ángel encargado de desalojar el recinto le incendió el nido y al pájaro mismo, al que después se le dio la gracia de volver a Re nacer de sus cenizas.

Por lo tanto, al iniciarse un nuevo año (sigamos siendo escépticos y pensemos que un año nuevo se puede empezar cuando Re almente uno quiere, sea el 14 de Mayo o el 23 de Septiembre) no se Re comienza nada, sino simplemente se continua haciendo lo anterior.
Claro, se pueden Re cargar las baterías en vacaciones y pensar que se Re inicia el año con ímpetus Re novados, pero... es una mentira.
Continuamos encontrando las medias que quedaron olvidadas debajo de la cama el año anterior, porque nunca desaparecieron de ahí.
Continuamos Re corriendo las mismas veredas cada mañana para llegar al mismo lugar al que hemos llegado cada mañana del año anterior.

Tampoco es para pensar que nada cambia. Obvio que sí, las cosas cambian independientemente del calendario, o haciendo caso omiso de él. No olvidemos que el calendario es un invento romano (y humano, con esa costumbre de catalogar, medir y estipular cada situación para que nada, pero nada de nada quede resuelto por el azar), y como tal, factible de ser sospechosamente impreciso.Y estos cambios, que posiblemente (y dije “posiblemente” y no “seguramente”) suceden por un encadenamiento de acontecimientos anteriores que a simple vista, quizá, nada tenían que ver con este cambio en particular (efecto mariposa?) se debieron a una continuidad de la vida, y no a un Re nacer.


(por cierto, yo no recomiendo pelis, así que ver -y degustar- la película homónima corre por cuenta del lector)