A qué viene, entonces, la tal digresión entre alcachofas y teros?
Precisamente, el hecho de formular una digresión ( término que ciertamente la Real Academia Española reconoce, omitiendo sin embargo su émulo "disgresión"), es establecer un devaneo que produzca un quiebre en la cotidianeidad de este blog.
Porqué? Porque generalmente la mayoría de las ideas de los humanos no tiene un sentido lineal, no responde a una lógica comprensible fuera de la propia del ser que las proyecta, aunque nos empecinemos en que eso no sea una verdad tan radical como que el mundo es redondo.
Para qué? Como se puede deducir de lo anterior, el quiebre de un discurso más o menos formal puede desencadenar un desencanto proveniente de la ruptura de la inercia producida por los textos anteriores. Como bien se sabe, la inercia es la propiedad de los cuerpos que tienden a mantener la continuidad de los estados de movimiento y/o reposo cuando un factor externo incide sobre tales estados, modificándolos.
(Pero aún no se responde el “para qué?”)
Capaz que para crear un punto de énfasis dentro de la estructura del blog. Capazmente.
Lo cierto (no quiere decir esto que lo anterior sea incierto) es que hay un línea de pensamiento que puede partir de una formulación de la Finitud de las Palabras, caer en el sondeo erótico-degustativo de un Momento Culinario, aunque breve, eso sí, y terminar en la apreciación de las característica Distractivas de la conducta animal.
Ello significará algo? Sin dudas.
Precisamente comprobar la brevedad de las palabras, la mezquina significación que de ellas se puede hacer, y las rupturas que se pueden formular a través de 3 textos sin ninguna ilación unos con otros.
Si no fuera por el silencios que los separa, que pueden traducirse como extensas jornadas de recapitulación algunos, o como fugaces paseos del escritorio a la cocina para calentar el agua del mate otros, no se puede asociar el conjunto de tales textos a una misma mano que los formula (falso: la mano no los formula, sino el pensamiento que, luego de crearlos, rastrea la memoria para la traducción de tales pensamientos en vocablos comprensibles para quien los lee. Pero como la imagen lírica de una mano que formula ideas es mayor a la razón de una mente que las crea, me quedo con esa representación figurativa)
(Que qué lo qué...?)
Redondeando: no es meramente casual (no existe la casualidad, recordémoslo) que el autor hubiese caído en la digresión de confeccionar 3 textos aparentemente disociados entre si, sino una concreta línea de pensamiento personal que mantiene la coherencia entre los mismos.
O sea: a veces me subo a la terraza del vecino para ver mi propia casa desde afuera.
(Práctica, por cierto, más que recomendable.)
Entonces?
Sirva la lectura detenida del texto referente a la conducta de la pequeña ave natural de estas pampas para relacionar que:
- Si un ñato esta escribiendo boludeces, sería productivo rastrear en los textos anteriores del mismo autor para detectar la sobria distracción que ejerce sobre los puntos álgidos de su historia. En particular la proximidad de la evocación de su momento de natalicio.
- Evadir la promesa (salvo el caso de Rammses que ha reparado en ese detalle) de un texto que se refiera a las connotaciones eróticas de la desfloración hoja por hoja de la alcachofa, significaría privarse de un texto mucho más distractivo y con mayor grado de apreciación.
- Nada más.
(*) uh, hubiese querido otro título más original, pero no me salió
28.9.08
25.9.08
Distracción
El tero es un animal muy curioso. No por su capacidad de curiosear, que no la posee, sino porque es un animal notable.
Yo, de chico, viajaba seguido al campo. Una parentela que ya se disolvió en el tiempo vivía a algunos kilómetros de esta ciudad furiosa, y solía viajar unas 2 o 3 veces por año para visitarlos.
Había muchos animales, obviamente. Pero los teros que cruzaba en el camino, o cuando deambulaba solo por el campo atraían mi atención por horas.
Quizá su color, su canto distintivo, su monogamia, su vuelo en círculos...
Hasta que me explicaron algo. Un tero sólo canta para distraer a quien se acerca a su nido, haciendo ruido en un lugar alejado a él.
O sea, cuando un tero canta, para ubicar su nido hay que caminar en sentido contrario a su canto.
...
Yo, de chico, viajaba seguido al campo. Una parentela que ya se disolvió en el tiempo vivía a algunos kilómetros de esta ciudad furiosa, y solía viajar unas 2 o 3 veces por año para visitarlos.
Había muchos animales, obviamente. Pero los teros que cruzaba en el camino, o cuando deambulaba solo por el campo atraían mi atención por horas.
Quizá su color, su canto distintivo, su monogamia, su vuelo en círculos...
Hasta que me explicaron algo. Un tero sólo canta para distraer a quien se acerca a su nido, haciendo ruido en un lugar alejado a él.
O sea, cuando un tero canta, para ubicar su nido hay que caminar en sentido contrario a su canto.
...
10.9.08
Breve momento culinario
31.8.08
Finitud de las palabras.
A veces las palabras no alcanzan, y eso es lógico.
Lógico en el sentido natural de la palabra, ya que la misma fue creada para definir acontecimientos, no para decir qué son.
La mayoría de los aconteceres que nos asaltan cada día pueden ser definibles en palabras, casi todos.
Cualquier hecho puede ser “traducido” a los demás seres. Eso no significa que se esté relatando el hecho en si, sino que se están buscando elementos que los demás puedan interpretar con un cierto grado de cercanía respecto al hecho acontecido.
O sea, se reinterpreta el mundo para hacérselo conocer a los otros.
En realidad no es una reinterpretación, sino sólo una búsqueda de elementos que sean comunes a los demás seres para que puedan solamente acercarse a lo vivido por uno mismo.
Y para eso se usa el lenguaje, o las palabras.
Pero también hay otros artilugios para transmitir un hecho. Decirle a otra persona “sos un pelotudo” con gesto adusto y las cejas fruncidas suele tener distinto significado a decirlo con una sonrisa y un tono de voz amable.
Pero las palabras son las mismas!
Entonces las palabras no pueden definir completamente un hecho, o una situación.
Nos sucede a todos cotidianamente que debemos dar más elementos a otro ser para hacerle comprender nuestra idea, o nuestra experiencia de una situación sucedida.
Obviamente no estoy inventando nada con esto, todos lo sabemos. Y además hubo importantes filósofos que se refirieron al tema.
La cuestión es cómo podemos hacernos comprender por los demás seres, cuando lo único que estamos usando para transmitir un hecho vivenciado sólo son palabras, o gestos, o imágenes, o ruidos, o caricias, o golpes.
Entonces solemos quedarnos con la sensación de no habernos hechos entender completamente.
Y la gran duda es “lo que sentí no es real si no puedo transmitirlo, hacerlo comprensible para los demás”.
Que a los demás les interese es otro problema.
Que los demás interpreten que uno mismo no lo puede transmitir en su totalidad, no es otro problema, sino el mismo.
Tratar de entender lo que dicen los demás es muy complejo. Generalmente buscamos a quienes puedan expresarse en el mismo lenguaje que uno mismo lo hace, sabiendo que la comunicación en ese caso será incompleta, pero al menos más cercana a la verdadera comunicación.
Por ejemplo no es inverosímil que un profesor de oboe y una concertista de violoncelo puedan enamorarse desenfrenadamente entre si, o que un maquinista de tren pueda hallar en una vendedora ambulante a su verdadera amiga. O que un agricultor encuentre en una panadera a la compañera para toda la vida. Ejemplos estos sólo de las relaciones sentimentales, pero que se pueden diversificar hacia varios otros tipos de relaciones.
Eso no quiere decir que una persona que trabaja en la municipalidad de un pueblo perdido en el mapa no puede mantener una sólida relación con el profesor de historia del colegio del mismo pueblo.
Lo que es necesario, independientemente de las experiencias, estudios, realidades y nuevamente experiencias de cada uno, es que ambos se puedan comunicar al compartir algo que no incluye palabras, o gestos, o imágenes, o ruidos, o caricias, o golpes.
Sino algo más intangible.
Sueños.
Pero no sueños idílicos de paraísos a la orilla del mar, o de bosques encantados con venados pastando en el jardín, o torcazas gorjeando al amanecer.
Sino sueños indescriptibles que generan emociones. Y esas emociones nos definen.
Soñar es importante, aún despiertos.
Porque si no soñáramos sencillamente no sabríamos quienes somos, ya que careceríamos de emoción, y mucho menos podríamos hacernos entender por otros seres.
Transmitir esa emoción nos comunica, o lo intenta.
Capaz que el otro comprende nuestro intento.
Capaz.
Lógico en el sentido natural de la palabra, ya que la misma fue creada para definir acontecimientos, no para decir qué son.
La mayoría de los aconteceres que nos asaltan cada día pueden ser definibles en palabras, casi todos.
Cualquier hecho puede ser “traducido” a los demás seres. Eso no significa que se esté relatando el hecho en si, sino que se están buscando elementos que los demás puedan interpretar con un cierto grado de cercanía respecto al hecho acontecido.
O sea, se reinterpreta el mundo para hacérselo conocer a los otros.
En realidad no es una reinterpretación, sino sólo una búsqueda de elementos que sean comunes a los demás seres para que puedan solamente acercarse a lo vivido por uno mismo.
Y para eso se usa el lenguaje, o las palabras.
Pero también hay otros artilugios para transmitir un hecho. Decirle a otra persona “sos un pelotudo” con gesto adusto y las cejas fruncidas suele tener distinto significado a decirlo con una sonrisa y un tono de voz amable.
Pero las palabras son las mismas!
Entonces las palabras no pueden definir completamente un hecho, o una situación.
Nos sucede a todos cotidianamente que debemos dar más elementos a otro ser para hacerle comprender nuestra idea, o nuestra experiencia de una situación sucedida.
Obviamente no estoy inventando nada con esto, todos lo sabemos. Y además hubo importantes filósofos que se refirieron al tema.
La cuestión es cómo podemos hacernos comprender por los demás seres, cuando lo único que estamos usando para transmitir un hecho vivenciado sólo son palabras, o gestos, o imágenes, o ruidos, o caricias, o golpes.
Entonces solemos quedarnos con la sensación de no habernos hechos entender completamente.
Y la gran duda es “lo que sentí no es real si no puedo transmitirlo, hacerlo comprensible para los demás”.
Que a los demás les interese es otro problema.
Que los demás interpreten que uno mismo no lo puede transmitir en su totalidad, no es otro problema, sino el mismo.
Tratar de entender lo que dicen los demás es muy complejo. Generalmente buscamos a quienes puedan expresarse en el mismo lenguaje que uno mismo lo hace, sabiendo que la comunicación en ese caso será incompleta, pero al menos más cercana a la verdadera comunicación.
Por ejemplo no es inverosímil que un profesor de oboe y una concertista de violoncelo puedan enamorarse desenfrenadamente entre si, o que un maquinista de tren pueda hallar en una vendedora ambulante a su verdadera amiga. O que un agricultor encuentre en una panadera a la compañera para toda la vida. Ejemplos estos sólo de las relaciones sentimentales, pero que se pueden diversificar hacia varios otros tipos de relaciones.
Eso no quiere decir que una persona que trabaja en la municipalidad de un pueblo perdido en el mapa no puede mantener una sólida relación con el profesor de historia del colegio del mismo pueblo.
Lo que es necesario, independientemente de las experiencias, estudios, realidades y nuevamente experiencias de cada uno, es que ambos se puedan comunicar al compartir algo que no incluye palabras, o gestos, o imágenes, o ruidos, o caricias, o golpes.
Sino algo más intangible.
Sueños.
Pero no sueños idílicos de paraísos a la orilla del mar, o de bosques encantados con venados pastando en el jardín, o torcazas gorjeando al amanecer.
Sino sueños indescriptibles que generan emociones. Y esas emociones nos definen.
Soñar es importante, aún despiertos.
Porque si no soñáramos sencillamente no sabríamos quienes somos, ya que careceríamos de emoción, y mucho menos podríamos hacernos entender por otros seres.
Transmitir esa emoción nos comunica, o lo intenta.
Capaz que el otro comprende nuestro intento.
Capaz.
13.8.08
Día de las minorías

Hoy está estipulado festejar el día de los siniestros.
No es un halago, teniendo en cuenta que no existen días de los diestros.
Ni día internacional del hombre, ni día del adolescente, ni de los no amigos, ni de los divorciados, ni de los no enamorados, ni de los astigmáticos, ni de los analfabetos.
Ni del amante.
O sea, cuando se estipula éstablecer un día en conmemoración de algunos seres, es porque ellos son minoría.
Pero bueno, hoy es el día de los zurdos. Porque sin nosotros, un mundo lleno de diestros sería demasiado predecible.
(Por la magia? De nada.)
9.8.08
El rincón de los que supieron escribir (I)
Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.
Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.
Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado
si de otras tales putas me pagare,
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.
Don Francisco de Quevedo
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.
Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.
Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado
si de otras tales putas me pagare,
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.
Don Francisco de Quevedo
2.8.08
Escala de grises

Dicen que algunos animales sólo ven en escala de grises. El perro es uno.
Bah, dicen, pero lo cierto es que ninguno de ellos pudo dar testimonio de tal característica.
Si lo dieran dirían “ yo sólo veo las cosas como son” o algo parecido.
“Yo sólo veo cosas más oscuras o más claras...”
Mmm, interesante punto de vista.
O sea, dirían que ven cosas más oscuras que otras, o más claras que las demás.
Eso implica tener un parámetro. Un parámetro para decir por ejemplo “ un hueso sin rastros de carne es más blanco que uno con alguna brizna de carne incrustada..”
O “ el cielo durante algunas horas se pone más oscuro que en otro momento donde el sol entibia mi hocico..”
Entonces, ver cosas “más oscuras o más claras que...” significa tener una medición, una calibración desde la cual se categoriza al resto de las cosas.
Ponele que se lo llame un gris medio. Ponele.
Obviamente es probable que ese gris medio difiera de un animal a otro. O no.
Si todos los animales que sólo ven en escala de grises tuvieran el mismo gris medio, de alguna manera habría un entendimiento entre ellos, el suficiente para no crear discrepancias demasiado enfervorizadas.
Todos verían que, por ejemplo, una noche es más oscura que el día, o que un hueso demasiado blanco no merece siquiera la molestia de detenerse a olerlo.
Los humanos vemos en colores. Al menos eso creemos.
Digamos que vemos en la suficiente variación del espectro de luz como para poder discernir entre algo que, además de ser “más oscuro o más claro que..” también puede mostrarnos intensidades y variaciones.
Entonces no solo evaluemos las cosas como “más oscuras o más claras que..” sino que también notamos las diferencias inconciliables entre por ejemplo un hueso y el sol. O entre un cielo de madrugada y una mirada oscura.
Quizá el hecho de ver en colores nos hubiese complicado entendernos. Hay muchas más disparidades que únicamente “más oscuro o más claro que...”.
Claro que hay más riqueza de contenido pero...
Posiblemente nuestros ojos hayan evolucionado a un ritmo distinto que el resto de nuestros órganos.
El corazón ponele. O eso que se estruja cuando no nos habita la tibieza del entendimiento con otro humano. Otro humano que merezca ubicarse muy cerca del “gris medio”.
Bah, dicen, pero lo cierto es que ninguno de ellos pudo dar testimonio de tal característica.
Si lo dieran dirían “ yo sólo veo las cosas como son” o algo parecido.
“Yo sólo veo cosas más oscuras o más claras...”
Mmm, interesante punto de vista.
O sea, dirían que ven cosas más oscuras que otras, o más claras que las demás.
Eso implica tener un parámetro. Un parámetro para decir por ejemplo “ un hueso sin rastros de carne es más blanco que uno con alguna brizna de carne incrustada..”
O “ el cielo durante algunas horas se pone más oscuro que en otro momento donde el sol entibia mi hocico..”
Entonces, ver cosas “más oscuras o más claras que...” significa tener una medición, una calibración desde la cual se categoriza al resto de las cosas.
Ponele que se lo llame un gris medio. Ponele.
Obviamente es probable que ese gris medio difiera de un animal a otro. O no.
Si todos los animales que sólo ven en escala de grises tuvieran el mismo gris medio, de alguna manera habría un entendimiento entre ellos, el suficiente para no crear discrepancias demasiado enfervorizadas.
Todos verían que, por ejemplo, una noche es más oscura que el día, o que un hueso demasiado blanco no merece siquiera la molestia de detenerse a olerlo.
Los humanos vemos en colores. Al menos eso creemos.
Digamos que vemos en la suficiente variación del espectro de luz como para poder discernir entre algo que, además de ser “más oscuro o más claro que..” también puede mostrarnos intensidades y variaciones.
Entonces no solo evaluemos las cosas como “más oscuras o más claras que..” sino que también notamos las diferencias inconciliables entre por ejemplo un hueso y el sol. O entre un cielo de madrugada y una mirada oscura.
Quizá el hecho de ver en colores nos hubiese complicado entendernos. Hay muchas más disparidades que únicamente “más oscuro o más claro que...”.
Claro que hay más riqueza de contenido pero...
Posiblemente nuestros ojos hayan evolucionado a un ritmo distinto que el resto de nuestros órganos.
El corazón ponele. O eso que se estruja cuando no nos habita la tibieza del entendimiento con otro humano. Otro humano que merezca ubicarse muy cerca del “gris medio”.
Quizá tendríamos que volver a ver sólo grises para no estar tan alejados de aquellos que no lo ameritan, o para saber mantener la distancia respecto a aquellos que, simplemente, son “más oscuros o más claros que...”
9.7.08
Decisiones, responsabilidades y arroz con salchichas
Ser independiente es un paso importante.
Vendría a ser como que ya uno empieza a vivir la vida con responsabilidades, compromisos y dedicación.
De alguna manera, años más o años menos, sería como abandonar el nido, el hogar de los padres a los 20 para empezar con una vida más individualista, o al menos dedicada al desarrollo personal, la construcción de el propio futuro y bla bla bla.
Ser independiente es un paso importante.
Hay personas que recuerdan el día que hicieron ese cambio. Para algunas se materializó con más claridad en su fecha de casamiento, para otras no.
En general se tiene más conocimiento de la fecha de nacimiento que de la de independencia.
Qué día te independizaste? no es una pregunta cotidiana. No suelen hacerse horóscopos sobre ese día ni conmemorar la fecha con torta y velitas.
Nada.
En general no hay una conducta estandarizada para encarar ese momento, cada uno lo construye como puede. No hay maneras mejores que otras. Yo lo manejé medio torpemente –cómo correspondía a la inexperiencia de mis 23-, con idas y vueltas, pero con la idea clara del “sin retorno”.
Una vez que uno se marcha del hogar, no hay vuelta atrás, eso debía ser incuestionable, pasara lo que pasara.
También están quienes no lograron hacerlo nunca, permaneciendo a lo largo de sus vidas pernoctando en el hogar familiar. Son elecciones propias, en la medida que sean realmente elecciones propias. Tener conciencia de la propia elección es gratificante, sin importar cuál fuera esa elección. En una disyuntiva SIEMPRE hay al menos dos alternativas. Uno elige.
Elegir ser independiente es sólo una, hay otras tan válidas, pero continúo con la idea de independencia.
En general son cambios hechos con alegría, con amigos que acompañan, con dietas de arroz y salchichas, con ropa desorganizada y tirada por todos lados, con cuentas para pagar, con calefones que no funcionan... son cambios interesantes.
Con los años se va aprendiendo a organizar la ropa, a prevenir visitas, a enriquecer la heladera, a pagar las cuentas y tratar de conservar un resto. Se aprende y se disfruta el resultado de ello.
A veces aparece alguien con quién compartir no sólo la cama, sino el resto de la vida. Otras veces aparecen personas con las que compartir la vida es medio engorroso (o incompartible) y pasan de la cama a la puerta de calle. Y otras veces hay demasiado de unas o de otras.
Y los “demasiados” son movimientos sísmicos. Nunca se sabe qué quedará en pié.
O quién.
Pero volviendo a la independencia, en general es un momento de decisión no siempre recordado, pero casi siempre generador de nuevos acontecimientos. Y en la mayoría de los casos siempre llega un momento del cuestionamiento:
“¿qué hago con esta vida que ahora tengo entre mis manos?”.
Buscamos, en algunos casos, responsabilidades ajenas para sopesar la riqueza, o miseria –no exclusivamente económica- con que nuestra vida va llenándonos las palmas, o escurriéndose entre los dedos.
Y se sabe que, cuando uno quiere buscar responsables, siempre los encuentra, aunque se demore algún tiempo en reconocer que no hay mayores responsables que nosotros mismos. Los de afuera son un adorno, a veces más vistoso y fácilmente objetable, pero no pasan de eso.
Los “otros” no son los culpables de la suerte o desgracia ocurrida, si fuimos nosotros quienes, por ejemplo, les dimos las llaves de nuestra puerta, o les habilitamos un cajón para guardar su ropa.
...
Creo que a veces con los países pasa algo similar, o más complicado... pero similar. Como para al menos pensarlo, precisamente, en el aniversario de su independencia.
Vendría a ser como que ya uno empieza a vivir la vida con responsabilidades, compromisos y dedicación.
De alguna manera, años más o años menos, sería como abandonar el nido, el hogar de los padres a los 20 para empezar con una vida más individualista, o al menos dedicada al desarrollo personal, la construcción de el propio futuro y bla bla bla.
Ser independiente es un paso importante.
Hay personas que recuerdan el día que hicieron ese cambio. Para algunas se materializó con más claridad en su fecha de casamiento, para otras no.
En general se tiene más conocimiento de la fecha de nacimiento que de la de independencia.
Qué día te independizaste? no es una pregunta cotidiana. No suelen hacerse horóscopos sobre ese día ni conmemorar la fecha con torta y velitas.
Nada.
En general no hay una conducta estandarizada para encarar ese momento, cada uno lo construye como puede. No hay maneras mejores que otras. Yo lo manejé medio torpemente –cómo correspondía a la inexperiencia de mis 23-, con idas y vueltas, pero con la idea clara del “sin retorno”.
Una vez que uno se marcha del hogar, no hay vuelta atrás, eso debía ser incuestionable, pasara lo que pasara.
También están quienes no lograron hacerlo nunca, permaneciendo a lo largo de sus vidas pernoctando en el hogar familiar. Son elecciones propias, en la medida que sean realmente elecciones propias. Tener conciencia de la propia elección es gratificante, sin importar cuál fuera esa elección. En una disyuntiva SIEMPRE hay al menos dos alternativas. Uno elige.
Elegir ser independiente es sólo una, hay otras tan válidas, pero continúo con la idea de independencia.
En general son cambios hechos con alegría, con amigos que acompañan, con dietas de arroz y salchichas, con ropa desorganizada y tirada por todos lados, con cuentas para pagar, con calefones que no funcionan... son cambios interesantes.
Con los años se va aprendiendo a organizar la ropa, a prevenir visitas, a enriquecer la heladera, a pagar las cuentas y tratar de conservar un resto. Se aprende y se disfruta el resultado de ello.
A veces aparece alguien con quién compartir no sólo la cama, sino el resto de la vida. Otras veces aparecen personas con las que compartir la vida es medio engorroso (o incompartible) y pasan de la cama a la puerta de calle. Y otras veces hay demasiado de unas o de otras.
Y los “demasiados” son movimientos sísmicos. Nunca se sabe qué quedará en pié.
O quién.
Pero volviendo a la independencia, en general es un momento de decisión no siempre recordado, pero casi siempre generador de nuevos acontecimientos. Y en la mayoría de los casos siempre llega un momento del cuestionamiento:
“¿qué hago con esta vida que ahora tengo entre mis manos?”.
Buscamos, en algunos casos, responsabilidades ajenas para sopesar la riqueza, o miseria –no exclusivamente económica- con que nuestra vida va llenándonos las palmas, o escurriéndose entre los dedos.
Y se sabe que, cuando uno quiere buscar responsables, siempre los encuentra, aunque se demore algún tiempo en reconocer que no hay mayores responsables que nosotros mismos. Los de afuera son un adorno, a veces más vistoso y fácilmente objetable, pero no pasan de eso.
Los “otros” no son los culpables de la suerte o desgracia ocurrida, si fuimos nosotros quienes, por ejemplo, les dimos las llaves de nuestra puerta, o les habilitamos un cajón para guardar su ropa.
...
Creo que a veces con los países pasa algo similar, o más complicado... pero similar. Como para al menos pensarlo, precisamente, en el aniversario de su independencia.
1.7.08
Los unos y los otros.
Vivir “al sur de..” tiene -o debería tener- algunas pautas propias. Bah, sería casi lo mismo que “vivir al norte de…” con la leve diferencia que la historia, al menos en esta parte del planeta siempre se escribió viviendo “al sur de...”.
En esta porción los cielos son parecidos o casi iguales a los de aquella, pero la concepción de trópicos y ecuador generó una percepción de las estrellas desde otra óptica. Y también del Sol.
Hace años, algunos siglos atrás, todas las sociedades cambiaron su nomadismo y su forma de vida rudimentaria con la aparición de la agricultura. Todos, los del norte y los del sur, los del este y los de más acá.
Todos.
Para comprender ese fenómeno tan prodigioso como era el crecimiento de las cosechas, el efecto de las lluvias, los momentos de recolectar lo sembrado debieron encontrar pautas. Pautas que las rigieran.
Y todos, los del norte, los del este, los de más acá y los del otro lado encontraron esas reglas invisibles mirando hacia arriba, al cielo. Las encontraron en las estrellas.
Y en el Sol.
Todos se dieron cuenta de lo mismo, aún sin estar comunicados entre los del norte y los del sur, ni los de más lejos con los de más acá. Se dieron cuenta que los días no duraban lo mismo, que a veces el Sol demoraba un poco más o un poco menos en aparecer por la mañana, o desaparecer al anochecer.
En una palabra, entendieron los ciclos solares que regían las siembras, las estaciones lluviosas, las cosechas, los fríos y las sequías. Y establecieron fechas para el inicio del proceso agrícola. Anual. Puntualmente preciso. Incuestionable.
Hay dos fechas, dos momentos que rigen este ciclo. Y a uno más que al otro se le dedicaron monumentos, festejos, cultos, incluso de lo deificó.
El momento en que el día deja de ser tan corto y el Sol empieza a permanecer más tiempo en el cielo.
Allá, en el norte, ese día es el 21 de diciembre.
Ahí nomás se daba inicio al nuevo año, al nuevo período de siembra. A la actividad más importante que aseguraba la permanencia y perpetuación de las sociedades sin necesidad de ser presas de las bestias, ni del caos de un mundo imprevisto… o casi. El día que el Sol comenzaba a alargar su visita era previsible. Y había que conmemorarlo. Y de manera incuestionable. De manera lo suficientemente sólida para que fuera el día más importante a festejar a lo largo del año agrícola.
Todas las sociedades se dieron cuenta de ello, las del norte y las del sur. Los pocos que vivían por debajo del ecuador también. Nosotros… o quienes habitaron este lado del globo.
En el norte, las religiones eran las encargadas de fijar los ciclos agrícolas, y establecer su conmemoración. También acá en el sur.
Pero dar explicaciones acerca del “porqué” significaba dar demasiados conocimientos a los simples campesinos, que lo único que tenían que saber era cómo sembrar, regar y cosechar. Los sacerdotes sólo se ocupaban de decirles “cuándo”, porque compartir demasiados conocimientos, de alguna manera, significaba perder su lugar de privilegio, su hegemonía, su poder. Los pueblos no tienen que saber los porqués, sólo tiene que tener conocimiento de los cómo. Los porqués son un saber restringido para aquellos privilegiados que tenían el íntimo orgullo de tener el dominio de dirigir al pueblo, amparados en su ignorancia.
O de empujarlo.
Qué curioso que, justamente, ahí nomás de esa fecha tan importante, se hubiera fijado –muchos años después y por un Papa sin ninguna visión divina, sino con más espíritu de practicidad hegemónica- una celebración también tan importante que poco tiene de referencia con el inicio de los días más largos, con la celebración del Sol calentando por más horas la vida. Muy curioso.
En el sur, algunos de los pocos pueblos que pudieron llegar a tener esos conocimientos no conmemoraban el 21 de diciembre, sino el 21 de junio como el día a partir del cual el Sol comenzaba a recuperar la vida. A partir de ese día empezaba un año nuevo.
En estas tierras al festejo se lo llamó Inti Raymi, y poco tenía que ver con el nacimiento de algún Mesías, sino con el final de la noche más larga, el renacer del Sol.
Esa es una de las razones, quizá la ignorancia oculta más atroz, del renombrado momento en que Pizarro, recién llegado al reino Inca envió a su fraile Valverde a dialogar con el Supremo Inca Atahualpa, a quien le ofrece una biblia expresando que esa "era la palabra de Dios”, a lo que Atahualpa, rascando las tapas y poniéndose el libro al oído no logra escuchar nada, por lo que lo arroja al suelo, diciendo que su dios está vivo y brilla en las alturas, y no se encierra cautivo en un libro.
…
Actualmente conmemoramos el 25 de diciembre, y el fin de año el 31, más por una cuestión de fe, que por conocimiento de las causas.
Como hace algunos siglos atrás, seguimos recluidos a actuar ignorando los porqués, mientras que quienes guardan celosamente el saber nos guían.
O nos empujan.
En esta porción los cielos son parecidos o casi iguales a los de aquella, pero la concepción de trópicos y ecuador generó una percepción de las estrellas desde otra óptica. Y también del Sol.
Hace años, algunos siglos atrás, todas las sociedades cambiaron su nomadismo y su forma de vida rudimentaria con la aparición de la agricultura. Todos, los del norte y los del sur, los del este y los de más acá.
Todos.
Para comprender ese fenómeno tan prodigioso como era el crecimiento de las cosechas, el efecto de las lluvias, los momentos de recolectar lo sembrado debieron encontrar pautas. Pautas que las rigieran.
Y todos, los del norte, los del este, los de más acá y los del otro lado encontraron esas reglas invisibles mirando hacia arriba, al cielo. Las encontraron en las estrellas.
Y en el Sol.
Todos se dieron cuenta de lo mismo, aún sin estar comunicados entre los del norte y los del sur, ni los de más lejos con los de más acá. Se dieron cuenta que los días no duraban lo mismo, que a veces el Sol demoraba un poco más o un poco menos en aparecer por la mañana, o desaparecer al anochecer.
En una palabra, entendieron los ciclos solares que regían las siembras, las estaciones lluviosas, las cosechas, los fríos y las sequías. Y establecieron fechas para el inicio del proceso agrícola. Anual. Puntualmente preciso. Incuestionable.
Hay dos fechas, dos momentos que rigen este ciclo. Y a uno más que al otro se le dedicaron monumentos, festejos, cultos, incluso de lo deificó.
El momento en que el día deja de ser tan corto y el Sol empieza a permanecer más tiempo en el cielo.
Allá, en el norte, ese día es el 21 de diciembre.
Ahí nomás se daba inicio al nuevo año, al nuevo período de siembra. A la actividad más importante que aseguraba la permanencia y perpetuación de las sociedades sin necesidad de ser presas de las bestias, ni del caos de un mundo imprevisto… o casi. El día que el Sol comenzaba a alargar su visita era previsible. Y había que conmemorarlo. Y de manera incuestionable. De manera lo suficientemente sólida para que fuera el día más importante a festejar a lo largo del año agrícola.
Todas las sociedades se dieron cuenta de ello, las del norte y las del sur. Los pocos que vivían por debajo del ecuador también. Nosotros… o quienes habitaron este lado del globo.
En el norte, las religiones eran las encargadas de fijar los ciclos agrícolas, y establecer su conmemoración. También acá en el sur.
Pero dar explicaciones acerca del “porqué” significaba dar demasiados conocimientos a los simples campesinos, que lo único que tenían que saber era cómo sembrar, regar y cosechar. Los sacerdotes sólo se ocupaban de decirles “cuándo”, porque compartir demasiados conocimientos, de alguna manera, significaba perder su lugar de privilegio, su hegemonía, su poder. Los pueblos no tienen que saber los porqués, sólo tiene que tener conocimiento de los cómo. Los porqués son un saber restringido para aquellos privilegiados que tenían el íntimo orgullo de tener el dominio de dirigir al pueblo, amparados en su ignorancia.
O de empujarlo.
Qué curioso que, justamente, ahí nomás de esa fecha tan importante, se hubiera fijado –muchos años después y por un Papa sin ninguna visión divina, sino con más espíritu de practicidad hegemónica- una celebración también tan importante que poco tiene de referencia con el inicio de los días más largos, con la celebración del Sol calentando por más horas la vida. Muy curioso.
En el sur, algunos de los pocos pueblos que pudieron llegar a tener esos conocimientos no conmemoraban el 21 de diciembre, sino el 21 de junio como el día a partir del cual el Sol comenzaba a recuperar la vida. A partir de ese día empezaba un año nuevo.
En estas tierras al festejo se lo llamó Inti Raymi, y poco tenía que ver con el nacimiento de algún Mesías, sino con el final de la noche más larga, el renacer del Sol.
Esa es una de las razones, quizá la ignorancia oculta más atroz, del renombrado momento en que Pizarro, recién llegado al reino Inca envió a su fraile Valverde a dialogar con el Supremo Inca Atahualpa, a quien le ofrece una biblia expresando que esa "era la palabra de Dios”, a lo que Atahualpa, rascando las tapas y poniéndose el libro al oído no logra escuchar nada, por lo que lo arroja al suelo, diciendo que su dios está vivo y brilla en las alturas, y no se encierra cautivo en un libro.
…
Actualmente conmemoramos el 25 de diciembre, y el fin de año el 31, más por una cuestión de fe, que por conocimiento de las causas.
Como hace algunos siglos atrás, seguimos recluidos a actuar ignorando los porqués, mientras que quienes guardan celosamente el saber nos guían.
O nos empujan.

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